Cómo escapé de una muerte casi segura

Un sudor frío empapaba mi espalda.

 

Había vuelto a tropezar con la raíz de un árbol.

 

Cada vez estaba más cerca. Podía oír sus zancadas a lo lejos. ¿O era mi corazón bombardeando mis oídos?

 

Hice acopio de valor y me volví a incorporar.

 

Estaba desorientado. No conocía el bosque. Sabía que tenía que ir hacia el norte pero no atinaba.

 

Yo miraba los líquenes de los árboles, que siempre crecen en la cara norte de las cortezas, donde no da el sol. Pero ese maldito bosque era tan espeso que los líquenes crecían en todas direcciones.

 

Miré al cielo por si la luna que asomaba entre las ramas desnudas me daba una pista de por dónde tirar. Nada.

 

Oí el aullido de mi perseguidor en la distancia. Y tuve una cosa clara: no debía correr a su encuentro. Así que arranqué de nuevo en dirección opuesta.

 

El aire frío se me clavaba en los pulmones como cuchillas heladas.

 

Las piernas habían dejado de estar acompasadas con mi cerebro. Mi cerebro gritaba que se movieran rápido. Y yo sentía que se movían a cámara lenta, como atrapadas en una ciénaga de la que no pudieran salir.

 

Me iba a atrapar. No tenía escapatoria. Iba a acabar mis días en un bosque neblinoso y devorado por un lobo.

 

Pero, no. No podía permitirlo. Vamos piernas, tenéis que reaccionar.

 

Vuelvo a trotar a paso ligero. Poco a poco, recupero el ritmo de carrera. La luna ilumina mis pasos, permitiéndome esquivar raíces y ramas bajas.

 

Una raíz asoma más de lo normal, formando un arco. Voy a saltarla y el pie derecho se engancha en ella como atraído por un imán. Caigo de bruces. Y cierro los ojos.

 

Cuando los abro, no sé si han pasado dos segundos o dos horas. Escucho atento y oigo un rugido que se acerca amenazante por detrás. Ha terminado la caza.

 

Está aquí. Me ha encontrado. La bestia da un salto y no me queda otra que esperar a que se abalance sobre mí. El tiempo se alarga, como a cámara lenta. Pero no hay película de mi vida. Solo la certeza de que es el final.

 

Siento una dentellada profunda en mi gemelo y lanzo un grito desgarrado y desesperado.

 

¡Un calambrazo nocturno! Justo en el mismo momento en que el lobo del sueño se abalanzaba sobre mi pierna.

 

El grito que di fue tan real como el dolor en el gemelo. Pueden dar fe mis vecinos.

 

Por suerte, todo quedó en un terrible sueño.

 

Pero esta (dolorosa) pesadilla tiene algo bueno: y es que, si has llegado hasta aquí, he conseguido demostrarte que puedo escribir correos que cautivan desde la primera palabra. Y que atrapan en la lectura hasta que colocas el enlace de compra.

 

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Y ahora, voy a ponerme un poco de reflex.

 

Javi Vicente.

 

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