Lección de ventas de un Catedrático de Física

Física del instituto. ¡Qué recuerdos! ¿Verdad?

 

Mi profe se llamaba Eloy. Y digo profe porque coincidimos en los 3 cursos de BUP y COU donde se daba la asignatura. Un año, otro y otro.

 

Era catedrático en física. Un cerebrito. Digo mi profesor, no yo. Yo era un adolescente con las entradas de Vegeta.

 

Eloy era un tipo de esos que ama su profesión. Quiero decir que podías ir con un problema de física y te lo resolvía. No como en ese capítulo donde Lisa Simpson roba los libros con las respuestas a los maestros y se forma la de Dios porque ninguno sabe dar clase sin ellos.

 

Sin embargo, en clase no conseguía pillarle el punto. Me costaba horrores entender la física. Al menos, tal y como la explicaba él.

 

Durante un par de años me resigné a pensar que era cosa mía. Que no me entraba en la mollera porque era difícil.

 

Hasta que llegué a COU. Yo en COU fui una bestia parda. Todo notas de 9 y 10. Y una vida social de 0 o 1,5.

 

Bien.

 

Pero la física se me seguía resistiendo. Mi nota promedio era de 7. Una vez incluso saqué un 8. Pero era mi techo. Imposible. No pasaba de ahí.

 

En mi clase había otra compañera que estaba exactamente en las mismas. Sacaba 9 en todo menos en física, que patinaba hasta el 7. Saberlo nos consolaba. Quizá no fuera culpa nuestra.

 

El caso es que a final de curso, se tenían que repartir las matrículas de honor. Y mi compañera y yo éramos candidatos.

 

Era algo bastante importante para mí, no por ego de empolloncete, sino porque con matrícula en COU, la matrícula en cualquier universidad pública te salía gratis el primer año. ¡Imagínate!

 

Todo estaba en orden, salvo la nota de física. Era lo único que me separaba de conseguir la matrícula.

 

¿Qué decidió el claustro?

 

Que si tenía excelente en materias tan dispares como filosofía, inglés, matemática, biología o geología, lo que me separaba de una mejor nota en física no era mi capacidad, sino la destreza del profesor a la hora de enseñar.

 

Y, puesto que esto ocurría no con uno, sino con dos alumnos, el claustro decidió corregir la nota final de física a ambos y otorgarnos la matrícula de honor.

 

Le agradecí a mi profesor que reconociera que, por mucho que lo hubiera intentado, no era capaz de hacer que sus mejores alumnos sacaran más de un 7. No tiene que ser fácil hacer ese gesto de humildad, especialmente cuando eres catedrático en tu especialidad.

 

Esto ocurre mucho.

 

Ser catedrático no. Ser experto en algo y no saber contarlo.

 

Y es una pena, porque en lugar de tender un puente entre tus clientes y tu solución, muchos negocios crean con sus palabras un acantilado insalvable que les impide llevar cerrar más ventas.

 

Su mensaje no llega. Como si estuvieran hablando con sus clientes por un walkie talkie y ellos estuvieran en un canal diferente y solo oyeran ruido blanco.

 

Para los que quieren comunicar con una claridad diáfana y atraer mejores clientes (no clientes sin más, sino mejores), pronto se liberará una plaza para trabajar conmigo. Pero solo lo sabrás si te apuntas aquí:

 

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También puedes seguir atrapado en la maldición del experto que te impide comunicarte con personas que saben muy poquito sobre su problema y tu solución. Conseguirás clientes, sí, pero te costará horrores.

 

Javi “la física se me atraviesa” Vicente.

 

PD: link.